Rigoberto, mi niño mayor de cuatro años, corre a sentarse a mi lado para la cena. Él casi se cae en su ánimo al levantarse en el banco. Esperamos a la comida. Yo con una paciencia que sólo viene del cansancio y el con una falta total de paciencia mientras sus pies baten en las patas de la mesa. Mi suegro queda sentado en el sofá atrás con nada en la boca para impedirlo a hablar; habiendo ya comido debido a su diabetes. No sé qué comentarios de él tendré que sufrir durante mi refección. Pensando en los juzgamientos de los familiares de mi esposa yo coloco mi mentón arriba de mis manos juntadas y miro a mi esposa juntando la comida. Hoy comeremos arroz con frijoles cubierto de una salsa picante junto a una sopa hecho de los restos del pollo que comemos ayer. Hoy no hay más pan.
Muy temprano por la mañana me levanté y, sin comer, fue de autobús hasta la ciudad para buscar un lugar en la nueva banda que tocaba en los grandes clubes cada noche. Pensé que poca gente tocaba clarinete, pero además de los tocadores de trompeta, éramos el grupo mayor. Yo me sentía que hubiera tocado bien, pero al comprar mi pasaje de retorno con el resto de nuestro dinero sabía que no era el caso.
Mientras mi esposa coloca la comida en la mesa siento el mirar de Rigoberto. Quiero mirarlo y darle una sonrisa pero no tengo más sonrisas para dar.
- Papi, antes de comer puedes tocar su clarinete para nosotros - dice él con un deseo que nunca he escuchado.
- Estoy cansado hijo, ahora no.
- Pero papi, personas que no conoces pueden escucharte tocando y nunca yo.
No sé que decir a el en respuesta. Coloco mi mano sobre el clarinete. Pauso pensando. – Toque por su hijo, querido –dice mi esposa mientras ella pasa un plato lleno enfrente de mí.
Levantando el instrumento yo paso saliva con mi lengua sobre mis labios y doy un paso sobre la boquilla. Con un respiro profundo comienzo a tocar. Los primeros sonidos son flojos, pero aumentan en fuerza hasta una altura que pienso que talvez se quebrará la campana de la clarinete. Con una rapidez ganado por mucha practica comienzo a dejar mis frustraciones salir en un ruido violento. Al las notas arribar y descender yo vejo el susto en los ojos de Rigoberto. La música pasa a perder su violencia y toma una forma animada corriendo por toda parte de las escalas musicales. Cambiando el tono el sentido pasa a mi tristeza y notas más lentos causando lágrimas en los ojos de mi esposa. De vez cambio dirección y toco algo a dar todas las respuestas que nunca pude decir a mi suegro. Toco con sonidos muy feos los comentarios del viejo y doy respuesta de mi alma aun que el no llega a comprender.
De repente yo paro de tocar al ver la cara de mi esposa. Doy un sonriso y un guiño a ella y retorno a tocar música conocida por Rigoberto convidándolo a cantar conmigo. Mi hija Clarín junta su voz con la de su hermano y yo toco ritmos que van al contrario de lo que cantan. Después de acabar con la canción yo toco una variación de un himno favorito de la familia y con el último sonido mi familia queda quieto.
La primera a hablar es mi esposa –Papá, –hablando a mi suegro –puedes hacer la reza sobre la comida.
Todos bajamos nuestros cabezas y cerramos nuestros ojos. Abro un ojo y miro a Rigoberto que no ha parado de mirarme aun con cabeza bajada. Doy una sonrisa a él y él cierre sus ojos.
Mañana hablaré con el jefe de construcción. Oí que necesita trabajadores. Talvez un día encuentro audiencias que puedan pagarme con más que sonrisas, abrazos y besos para tocar mi clarinete.

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